Cómos, cuándos, por qués
Siempre has sentido que tenés que preguntarme cómo, cuándo y por qué. Ves la necesidad imperante de sobrepasar mis horizontes y elaborar una sentencia. Imponer castigo. Corregirme.
En mí, en realidad, todo está bien. Pero un día vos me dijiste que no, entonces me hiciste creerlo. Hoy pienso: no, no estoy bien (sin embargo, ante tu mirada lo estoy, tengo que estarlo).
Cuando lloré entre medio de alcohol y sinceridad: ese fue el único escape que encontré alguna vez, porque un día me dijiste que no debía llorar ni frente mí misma, pero yo en un estado alterado me dije que llorara frente a todos. Y ahí me liberé.
Ni conmigo, ni con ella, ni con ellos.
Me doy vergüenza cuando me veo y sé que no soy como vos, que no hago todo lo que vos hacés, que soy joven pero no libre.
Y sí, quiero ser como vos: no sé cómo, sin embargo. intento, busco, veo. Y pobre la llama, porque no tiene la culpa e igualmente trata de prenderse.
En el profundísimo fondo lo tengo claro: no me importa. No me interesan tus variadas formas de ser libre ni tu discurso de la juventud o tus experiencias terriblemente ricas en compuestos químicos descerebrados. No sé. No quiero.
La presión se siente en todos lados, ese peso eterno que vive aplastando cualquier momento mínimamente placentero que encuentre. Mi visión alejada de tus objetivos; mis objetivos, equivalentes a tus miedos. Mis experiencias: tu idea de la repulsión hecha carne.
Perdón si te decepciono, pero no tengo nada que decir y nada para demostrar. Podría mentir, pero duele, y si lloro cuando estoy tan alejada que no puedo ni pensar, es porque me da miedo pensar muy intensamente cerca tuyo y que confirmes que no soy lo que debería ser, lo que a vos te gustaría y lo que considerás normal.
Así, pensar da miedo y hablar también, por lo que escribiendo esto busco, tal vez, poder sentir lo mismo que me hicieron sentir unos vasos de alcohol y poder sacar de mi sistema todo eso que vos me impusiste.
Destruir las inseguridades que construiste no es tan fácil, es como fundar una nueva ciudad en la que no estés y, lamentablemente, nunca te vas a ir. Entonces, sólo queda no dejarte entrar, aunque es duro, porque vas a estar tocando la puerta constantemente y gritándome cómos, cuándos y por qués.
En mí, en realidad, todo está bien. Pero un día vos me dijiste que no, entonces me hiciste creerlo. Hoy pienso: no, no estoy bien (sin embargo, ante tu mirada lo estoy, tengo que estarlo).
Cuando lloré entre medio de alcohol y sinceridad: ese fue el único escape que encontré alguna vez, porque un día me dijiste que no debía llorar ni frente mí misma, pero yo en un estado alterado me dije que llorara frente a todos. Y ahí me liberé.
Ni conmigo, ni con ella, ni con ellos.
Me doy vergüenza cuando me veo y sé que no soy como vos, que no hago todo lo que vos hacés, que soy joven pero no libre.
Y sí, quiero ser como vos: no sé cómo, sin embargo. intento, busco, veo. Y pobre la llama, porque no tiene la culpa e igualmente trata de prenderse.
En el profundísimo fondo lo tengo claro: no me importa. No me interesan tus variadas formas de ser libre ni tu discurso de la juventud o tus experiencias terriblemente ricas en compuestos químicos descerebrados. No sé. No quiero.
La presión se siente en todos lados, ese peso eterno que vive aplastando cualquier momento mínimamente placentero que encuentre. Mi visión alejada de tus objetivos; mis objetivos, equivalentes a tus miedos. Mis experiencias: tu idea de la repulsión hecha carne.
Perdón si te decepciono, pero no tengo nada que decir y nada para demostrar. Podría mentir, pero duele, y si lloro cuando estoy tan alejada que no puedo ni pensar, es porque me da miedo pensar muy intensamente cerca tuyo y que confirmes que no soy lo que debería ser, lo que a vos te gustaría y lo que considerás normal.
Así, pensar da miedo y hablar también, por lo que escribiendo esto busco, tal vez, poder sentir lo mismo que me hicieron sentir unos vasos de alcohol y poder sacar de mi sistema todo eso que vos me impusiste.
Destruir las inseguridades que construiste no es tan fácil, es como fundar una nueva ciudad en la que no estés y, lamentablemente, nunca te vas a ir. Entonces, sólo queda no dejarte entrar, aunque es duro, porque vas a estar tocando la puerta constantemente y gritándome cómos, cuándos y por qués.
Comentarios
Publicar un comentario