san rafael

es sábado a la tarde y llueve,
camino por los mismos caminos de siempre,
vacíos y muertos en el aura cotidiano de la siesta,
pero hoy más que otros días, porque hoy llueve.

llueve y no sé por qué la gente de mendoza se esconde
le temen al agua, rehúyen del viento,
si erosionan las montañas,
los erosionan a ellos.

yo me saqué la capucha de la campera.

no pasan autos, no escucho los motores,
no escucho el agua de los charcos saltando y estampándose contra la calle.
es común en la siesta, es común en un día lluvioso,
pero se siente raro, como si el mundo se hubiese parado.

me siento sola, así que arrastro los pies al caminar,
miro a los costados, las ventanas de las casas, el reloj:
no hay nada, sólo yo y mis zapatillas, la calle desierta y yo.
el frío inmovilizándome los dedos, la lluvia empapándome las pestañas,
la piedra que pateé y se fue rodando,
el ruido de mis pensamientos haciendo eco en todas las paredes.

llueve y este pueblo es una burbuja,
una bola de nieve de souvenir,
pero acá no nieva:
acá llueve,
acá los negocios abren a las cinco,
acá tenemos ríos en miniatura al borde de las veredas,
acá hay un viento caliente con nombre que tira los árboles y corta los cables,
acá las sombras de la tarde te abrazan con condescendencia.








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