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Mostrando entradas de junio, 2018

entre turbulencias íntimas. entre el aire azulado. entre el gas elevándose por los adoquines. entre el peso de la realidad objetiva. entre el paisaje que se va difuminando. entre un rayo proyectado que lo atraviesa. entre el vestigio del horror. entre el entumecimiento primario. entre la mente irracional. entre el juego invisible. entre la luz blanca y el amanecer rosáceo. entre la tiza y la memoria. entre el oficio y el dolor. entre los ojos y los párpados. entre las sábanas cremosas. entre cortinas finas. entre tazas calientes. entre pieles doradas. entre algodón y vaho. entre tus cejas. entre cuello y sol. entre mi canto y tu emoción. entre todo eso: mi calma, mi alma, el néctar ámbar.

Celia

¿no ves? ¿no ves la luz que sale de sus grietas? ¿el brillo rojo que corre al cortarse la piel? ¿el manto negro durmiendo en su espalda? ¿sus dedos pálidos rozando la cuerda? ¿sus pies yendo a la liberación? ¿el mar helándole las piernas? ¿el temblor en sus labios? ¿su paso inestable? ¿sus ojos vidriosos? ¿su pecho agitado? ¿su alma diáfana?

las cartas

Suspirás con hartazgo porque vivís respirando aire pesado, concentrado en una casa en la que ya llevás demasiados años y que, por derecho, es tuya. Me mirás muy atentamente para la cantidad de pastillas que tenés en tu sistema, y sos muy inteligente para este mundo, por eso es que nunca alguien te dejó mostrarlo. Tus palabras se renuevan cada vez te veo y me parecés increíble, casi tanto como la gigantesca colección de libros que tenés repartida por todos los estantes de la casa y de tu mente. Si tan sólo tus pies no te traicionaran en cada paso, si tus tobillos pudiera soportar el peso de esas cartas, si tu mente no se diera vuelta de un lado al otro en el lapso de unos meses y pudiera, simplemente, mantener el espectro constante: podrías comerte el mundo. Si no hubieras dejado a los perros destrozarte las ropas quizá hoy tendrías el mundo en tus manos, el rosario lejos de la habitación, tus ojos un poco más brillantes. Te veo y me destrozo, porque entre tanta agua turbia veo,...

19 nov. 2017

Llueve afuera, llueve adentro de casa, llueve dentro mío. Llueve en todos lados, no tengo paragüas, y estas botas no sirven de mucho. Llueve porque creí que hoy nos veríamos y al final, y como siempre, no nos vimos. Llueve porque no siento estar haciendo lo correcto. Llueve porque te extraño. Y yo que me sentía tan diferente por andar derramando dos lágrimas y vistiéndome de negro con un luto inexistente. Me creía la víctima de todo esto por sufrir y por odiarme, y al final me destruí.

nada

Lustrá un poco ese carácter, que está dejando de brillar. Se empieza a ver la hipocresía y se destapa tu verdadero ser. Eras el verdadero héroe, hasta que crecí y me encontré con un mundo prendido fuego, y vos sosteniendo un fósforo. No puedo dejarte, porque me meciste entre tus brazos mientras caminabas al borde del vacío. Pero al final me soltaste. Si no tengo tu cariño, no tengo nada.

tercipelo rojo

si te excitan los lujos, los altares revestidos de sudor evaporado, las ropas rebajadas con joyas falsas, un traje que combine con tu encanto. si te gusta callar y sonreír, para estrellarte contra la vereda, para anunciar las buenas nuevas a quienes tenemos mucho para decir. si te vas, errante, el día amarillo, dejando una escena del crimen: sangre sobre la madera, seguida por pies descalzos y olfateada por narices frías. si te reís detrás de las paredes y abrazás al amor al pasar por la puerta, alejate, escapá, no la abras jamás: una dama y un perro están llorando detrás. si no sos lo que la pluma despeinada creía, supongo que todo fue un reflejo de las colchas colgantes que cubrían tu cama, y el almohadón en el que solía dormir para protejerse de los monstruos que no pudiste atrapar.

agua

Aparecé rápido, por favor:  no tengo más fórmulas, me quedo sin palabras,  se me seca la boca.

combustión espontánea

Eran tardes en las que quería brillar sólo porque ibas a estar vos, claramente no pensaba dejarte a oscuras jamás. Por eso, eran las dos y yo estaba lista, disfrazada y parchada, cubriendo el dolor con perfume y ensanchando la falsa expresión de alegría con rímel. A las cuatro me encerraba en el baño con anticipación, porque el miedo tenía que ser propiamente simulado, y no podía encontrarte con las zapatillas llenas de barro de esa vez que se inundó mi cuarto. Me veía en el espejo improvisado y me quitaba cosas que no debía haberme quitado: quedé vulnerable. Aunque a veces sospecho que nunca las saqué y, simplemente, en tales términos la naturaleza de la forma fue el reflejo del fondo. Pero con una palabra las mesas de madera se incendiaron, las luces del techo explotaron y lanzaron chispas. Las cortinas ardían tanto como ardía yo, que sentía los párpados pesados y las piernas demasiado ligeras porque tenía los huesos desintegrados, porque me salía humo del pecho, calcinado, y r...