combustión espontánea

Eran tardes en las que quería brillar sólo porque ibas a estar vos, claramente no pensaba dejarte a oscuras jamás. Por eso, eran las dos y yo estaba lista, disfrazada y parchada, cubriendo el dolor con perfume y ensanchando la falsa expresión de alegría con rímel.

A las cuatro me encerraba en el baño con anticipación, porque el miedo tenía que ser propiamente simulado, y no podía encontrarte con las zapatillas llenas de barro de esa vez que se inundó mi cuarto.

Me veía en el espejo improvisado y me quitaba cosas que no debía haberme quitado: quedé vulnerable. Aunque a veces sospecho que nunca las saqué y, simplemente, en tales términos la naturaleza de la forma fue el reflejo del fondo.

Pero con una palabra las mesas de madera se incendiaron, las luces del techo explotaron y lanzaron chispas. Las cortinas ardían tanto como ardía yo, que sentía los párpados pesados y las piernas demasiado ligeras porque tenía los huesos desintegrados, porque me salía humo del pecho, calcinado, y realmente no entendía nada, porque el vapor que emanaba mi cuerpo derritiéndose me mareaba y empañaba las ventanas.

Por supuesto, alguna vez lo habrás sospechado, sobre todo porque hasta hoy, siempre que sacudo el pelo vuelan cenizas.

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