sin título

Las oraciones recorren mi mente como si fueran a poder fijarse en algún lado, como si tuvieran alguna utilidad más que crear un horizonte romántico para enterrar en él mi vida. No debería querer adornar tanto las cosas, al final no hay más que electricidad moviéndose por todo mi cuerpo de forma desquiciada, sin rumbo.

Quisiera creer que puedo adornar un poco las cosas, que esto no está doliendo en vano. Quisiera creer que no estoy, simplemente, escribiendo oraciones desconectadas entre sí, tratando de encontrarles algún sentido o conexión. 

Pienso las palabras pero no las escribo, como un mensaje pendiente que hace años tengo que abrir y por miedo no lo hago. Como algo protegiéndome de mi propia vida. Como una olla a presión que por momentos se desborda pero nunca explota.

Me pregunto, sin embargo, si la explosión podrá llegar a terminar de desordenarme la existencia. Todo, al final, siempre está bien, y temo por el día en el que no lo esté: un día la pastilla se va a desfigurar, para volver a figurarse en un infierno inclinado, un mundo en anestesia constante, un toque en la piel que parece inventado.

Un día los miedos podrían ser simplemente los lentes con los que vea el mundo, la agonía nublada, oídos tapados con algodón. Es difícil imaginarlo, es fácil escribirlo: no me complico mucho, pero es complicado. Necesito, de alguna manera, simplificar o complicar lo que me pasa, porque tomarlo crudo es demasiado. 

Necesito deformar de alguna manera las cosas, desarmarlas y armarlas de otra manera, creer que de alguna forma puedo controlarlas.


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