Atardecer de domingo.
Puedo escuchar el silencio que zumba en tus oídos, la desesperación que gritas sin pestañear, tus pasos doloridos y pesados.
Puedo entender la angustia de saber que vas a ser vos hasta el final de tu vida y que no podés cambiar aunque trates muy duro, las palabras de odio hacia vos misma que gritas dándote cuenta de que a nadie le interesan y que por eso terminás callando, la repugnancia infinita hacia el cuerpo que se encadenó a tu identidad en el momento en el que naciste.
Puedo leer tus ojos como si fueran un libro, porque un día alguien dijo que los ojos nunca mienten y yo decidí creerle; y a través de ellos tal vez tu alma se esté prendiendo fuego.
Puedo oler el perfume de la muerte contaminando tu mente.
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